La Verdad en Venta: El gran fraude de las plumas mercenarias
En el pantano de los medios contemporáneos, la columna de opinión se ha convertido en el activo más tóxico y, al mismo tiempo, más rentable. Ya no es un foro de ideas; es un arma de distracción masiva, un blindaje retórico comprado al peso para proteger a corruptos, depredadores laborales y criminales de cuello blanco. Lo que vemos no es un “mercado de opinión”, sino una mafia de la impunidad con licencia para escribir.

La mecánica de la corrupción intelectual: un manual de cómo se vende la conciencia
Las corporaciones y sus legiones de abogados y consultores han perfeccionado un sistema de cooptación que haría palidecer a los más cínicos propagandistas. No se trata solo de comprar anuncios; se trata de secuestrar el debate público mediante un doble mecanismo de corrupción:
- El Asesinato por Silencio Estratégico: Cuando estalla un escándalo irrefutable —evasión fiscal a gran escala, vertidos tóxicos, explotación sistémica—, no se contrata a un columnista para que mienta descaradamente. Se le paga, mucho mejor, para que cambie de tema. De repente, el magnate acusado de lavado de dinero es un “mecenas de la cultura”. La empresa que envenena un río aparece, en tres columnas simultáneas, como “pionera en sostenibilidad”. Es una táctica de gaslighting colectivo: si inundas el espacio con ruido laudatorio, la verdad se ahoga. Y los cómplices no son bloggers marginales, sino figuras con carné de prensa y aura de respetabilidad, traicionando su oficio por un cheque o un favor político.
- La Fabricación de Realidades Alternativas (El “Deep Fake” editorial): Aquí la operación es más grotesca. Se redacta un brief corporativo —un decálogo de virtudes inventadas, datos amañados y enemigos a vilipendiar— y se distribuye a una red de plumíferos. El resultado es un coro orwelliano: el mismo adjetivo (“visionario”, “disruptivo”, “generador de empleo”) repitiéndose como un mantra en distintos diarios. Se construye un relato donde el investigador que destapó el caso es un “populista resentido”, la fiscalía es “instrumento político” y la única víctima es, por supuesto, el pobre empresario difamado. Es publicidad encubierta, pero con la gravedad fraudulenta de parecer análisis.

El Daño: Un crimen contra la sociedad disfrazado de “libertad de expresión”
Hablar de “conflicto de interés” aquí es un eufemismo obsceno. Es traficar con la verdad. El costo social de esta mercadotecnia de la impunidad es catastrófico:
- Sabotea la justicia: Envenena el tribunal de la opinión pública, presiona a jueces y fiscales y convierte procesos judiciales en espectáculos mediáticos donde gana quien tiene la red de columnistas más amplia.
- Engaña a inversores y consumidores: Decisiones económicas, ahorros de vida, se toman sobre la base de “análisis” que son, en realidad, comerciales pagados sin la etiqueta de “patrocinado”. Es un fraude de prospecto.
- Aniquila la democracia: Una democracia sin una prensa que muerda la mano que la podría alimentar es un teatro. Este sistema convierte a gran parte de la prensa en el departamento de relaciones públicas de la impunidad, dejando al ciudadano indefenso, desinformado y cínicamente manipulado.
La línea roja: el periodismo que vende su alma
El verdadero síntoma de la peste no es la columna claramente pagada, sino la gradual pudrición del ecosistema. El columnista “serio” que, de pronto, empieza a elogiar con inexplicable fervor a un grupo empresarial polémico. El medio “independiente” cuya línea editorial se suaviza misteriosamente tras cerrar un jugoso contrato de publicidad. Es la corrosión lenta, el olor a incienso y servilismo que reemplaza al olor a tinta y crítica.

En Tepito Noticias, no tenemos dueños, tenemos lectores. No vendemos cobertura, ganamos desconfianza —la de los poderosos.
Mientras el establishment mediático se dedica a lustrar las botas de sus patrones con el trapo sucio de sus columnas, nosotros seguiremos señalando al emperador desnudo, desmenuzando los hilos de sus trajes costosos y recordando que el periodismo que no arriesga nada, que no incomoda a quien podría pagarlo, no es periodismo: es relaciones públicas con ínfulas. Y esa es, quizás, la mentira más cara de todas.

